La falsa seguridad de saber quién sos

¿Por qué me dedico a esto?

Porque siento que nos estamos perdiendo la oportunidad de ser mucho más de lo que le mostramos al mundo.

Antes de nacer, nuestra alma es parte del universo entero. Es todo, absolutamente todo.

Pero al nacer, empezamos a achicarnos. Nacemos en una familia particular, con ciertas condiciones —económicas, culturales, emocionales— que ya nos van marcando un camino. Y muchas veces nacemos en una familia donde los roles ya están repartidos. Si tengo una hermana mayor que ya ocupa el lugar de «la estudiosa», ese lugar ya no está disponible para mí. Entonces empiezo a buscar los roles que quedan libres, y los tomo como si fueran mi identidad. Así, de pronto, me convierto en «la revoltosa», «la rebelde» o «la creativa».

Y ahí nos quedamos. Nos aferramos a esa identidad como si fuera la única posible. La defendemos, además, porque sentimos que sin ella no somos nada. Nos define, nos da un lugar, nos da seguridad.

Pero si lo miramos con más atención, es una seguridad falsa. Una seguridad que nos quita algo mucho más valioso: la posibilidad de entender que tenemos TODO dentro para ser lo que cada momento de la vida nos pida.

Cuando nos despegamos un poco de esa personalidad a la que nos aferramos con tanta fuerza, empezamos a descubrir todos los otros costados que tenemos guardados en la sombra, esos que en realidad nos ayudarían a vivir mejor.

Si me defino como «peleadora», me la paso peleando, porque tengo que sostener ese título. Pero si entiendo que tengo un lado que pelea —y que pelea muy bien—, puedo empezar a bajarle el volumen y darme cuenta de que no siempre tiene que ser esa la que sale al escenario. Puedo descubrir que también hay una parte muy calma en mí, que estaba en la sombra, y que puede traerme mucha paz.

Y así pasa con todo lo demás que creemos que somos.

Ahora, la pregunta que sigue es: ok, todo muy lindo, pero ¿cómo salgo de esa acotación? ¿Cómo logro conocer todos mis lados en sombra para ponerlos a jugar?

Hay dos respuestas, y una resulta de la otra.

La primera es ubicarnos en nuestra vida como si fuéramos una cámara que mira desde afuera. Salir del rol de actriz principal y empezar a mirar y gestionar nuestra vida como si fuéramos las directoras: la que observa lo que sucede desde afuera, la que puede ver entre todos sus actores y actrices cuál está entrando en escena, en qué momento y con qué intensidad.

Esa observación es lo que hace posible la segunda respuesta: estar presente. Estar presente en el sentido de elegir qué hago y cuándo lo hago, en lugar de dejarme llevar por todo lo que pasa en mi vida. Porque cuando nos dejamos llevar, sin haber aprendido primero a mirarnos, siempre va a aparecer la misma: esa parte primaria que ya conocemos y a la que nos aferramos.

Es decir: la primera respuesta nos permite ver. La segunda nos permite elegir. Y esto solo se logra si primero aprendemos a observarnos.

Estar presente implica hacernos cargo de lo que hacemos y mirarnos a nosotras, no a los demás. Ver qué nos pasa a nosotras con eso que pasa afuera.

Un ejemplo concreto: alguien viene y te dice o hace algo que te da tristeza, o que te da miedo. La reacción primaria, en general, es defendernos. Lo primero que hacemos es decirle a esa persona quién es ella para hablarnos así, o para decirnos eso. Y ahí estamos poniendo el foco en la otra persona.

Ahora, si encaramos la situación desde nosotras, y revisamos: «uf, esto que me dijo me duele. Me duele porque me trae tal recuerdo, o porque lo siento injusto, o por lo que sea», y en lugar de ir a reclamarle a la otra persona lo que hizo, le contamos lo que sentimos y cómo nos afectó… es mucho más probable que pasen dos cosas. Primero, que la otra persona nos trate mejor la próxima vez. Y segundo, que la próxima vez que nos vuelva a pasar algo así, podamos entender que eso que dice el otro es cosa del otro, y que nosotras podemos elegir entrar en su acusación, o quedarnos afuera.

Y para lograr esto, la única herramienta posible es ejercitar. Estar presente se logra formando músculo. Tener a esa Natalia que mira y observa —porque esa Natalia soy yo misma, aprendiendo a mirarme— no aparece de un día para el otro: se logra con mucho tiempo de trabajo y de práctica.

Todas las herramientas que yo trabajo tienen que ver con esto: con formar ese músculo observador que nos va a permitir vivir más desapegadas de nuestro ego —de la cabeza— y más apegadas a lo que sentimos y a lo que queremos ser y mostrar —al corazón.

Este mismo mecanismo que vivimos como personas se repite, a mayor escala, en las organizaciones. Las empresas también construyen una «personalidad» que muestran hacia afuera —una imagen prolija, una misión, unos valores— que muchas veces tiene poco que ver con lo que realmente se vive puertas adentro. Y así como con las personas, el camino no es forzar esa imagen, sino animarse a mirar (y sentir) lo que hay debajo.

Cuando trabajo con empresas busco lo mismo. El mundo laboral también tiene características pre-asignadas, parecidas a las que nombramos antes: nos definen, nos acotan. En el trabajo pasa algo similar. Si somos serios, parecemos más responsables. Si trabajamos más horas, parece que hacemos un esfuerzo mayor. Si lo que define a una empresa es su Misión y sus Valores —esas palabritas que después se cuelgan en post-its por toda la oficina, y con las que la empresa, generalmente, no cumple—, entonces… ¿para qué?

Viendo todo esto, y la falta de coherencia que hay con la realidad, es que me pongo a trabajar.

No es lo mismo que una empresa se siente a pensar su misión y sus valores desde lo práctico y lo mental, a que los escriba a partir de una pregunta mucho más humana. Esa pregunta sería: ¿cómo quiero sentirme yo mientras trabajo? ¿Cómo quiero que mis clientes se sientan cuando compran mis productos o servicios? ¿Y cómo quiero que mis empleados se sientan cuando trabajan?

Ese es un combo muchísimo más poderoso y válido. Y además, mucho más fácil de validar en el día a día.

Para esto me certifiqué como Practitioner de la herramienta Emotional Culture Deck, un mazo de cartas creado por un loco en Nueva Zelanda que entendió exactamente esto que describo arriba: que poner a las personas en el centro implica validar cómo se sienten. Al conocer lo que sentimos, nos acercamos mucho más unos a otros como seres humanos, y eso da lugar a relaciones más reales y profundas.

Sin dudas, cuando las relaciones humanas y laborales se gestan desde esa profundidad, los resultados son más poderosos y sinceros. Y la relación con el producto o servicio que brindamos, y con nuestros clientes, se vuelve aún más auténtica.

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